domingo, 6 de septiembre de 2015

Un niño, todos los niños




Es imposible ser indiferente ante la imagen del cadáver de un niño, sobre todo cuando la imagen nos refiere a una realidad de la que somos conscientes, pero que no nos impacta. Pero esa imagen como otras, me impactó, desde lo visceral, lo ético, lo político, lo moral y lo metafísico (o religioso, si quieren). Quienes somos padres no podemos dejar de ver en la muerte de un niño la alteración del orden cronológico esperado, los hijos sobreviven a sus padres, y surge una empatía natural con quien tiene que pasar por ese inmenso dolor. Esa muerte y ese dolor, no nos permite ser indiferentes.
Si pasado el primer impacto emocional, intentamos racionalizar el hecho, surgen los principios éticos que debería tener la humanidad toda, no solo un sector de ella delimitada por la geografía, la religión o la raza. Allí la vida se presenta como valor supremo, indiscutible e inalienable, con la obligación individual y colectiva de preservarla; y de velar por quienes tienen menos capacidad para sobrevivir en forma autónoma: los niños, los enfermos y los ancianos. Nos auto engañamos muchas veces ignorando a ancianos y enfermos, relegándolos en nuestras prioridades, pero no ocurre lo mismo con los niños, la humanidad toda, en todos sus protocolos prioriza la preservación de la vida de los niños. Entonces esa muerte, la de ese niño o cualquier niño, nos muestra nuestro el fracaso de la puesta en práctica de los valores que consagramos como género humano.
La dimensión política solo debería intervenir cuando toda la carga emocional no pueda interferir en nuestro análisis, cuando podamos racionalizar el hecho relegando muestras pasiones a un segundo plano. Pero la política tiene dos dimensiones básicas: la ideal y la real. Desde la óptica ideal, todo sistema político se establece por un acuerdo social en el cual la preservación de la vida es una parte significativa, e incluso si se permite eliminar una vida (pena de muerte), ello se hace en función de los actos conscientes que el individuo cometa. Por lo tanto no existe en el campo ideal de la política ninguna justificación para la muerte de un niño. Es en el campo real de la política, donde existen los regímenes políticos que permiten y hacen posible los hechos conducentes a la muerte de inocentes. Pero incluso en este campo, se condena públicamente estos hechos, y hasta se plantean acciones de re-mediación o castigo a los responsables primarios; pero no por autentico convencimiento, sino para no exponer su indignidad ante el resto de la sociedad. Por ello, aunque la política real sea en alguna medida responsable de esas muertes, la condena; y nosotros como ciudadanos consentimos esa hipocresía creyendo que los valores políticos ideales alcanzan para tapar tal indignidad.
La dimensión metafísica o religiosa suele manifestarse en creyentes, no creyentes y cuestionadores; abarca desde la resignación, la indiferencia o el cuestionamiento de las características religiosas. Sobre esta dimensión solo podemos decir que toda dimensión moral, vinculada o no a aspectos religiosos, condena la muerte de un niño y la sufre como afrenta a esos valores.


Así, la imagen de este niño muerto en la playa, de niños muertos en bombardeos a poblaciones civiles, de niños muertos en masacres étnicas, de niños muertos por plagas, de niños muertos por hambre, de niños muertos en enfrentamientos de pandillas y todas las imágenes de niños muertos por causas de la cual el ser humano es responsable, deben indignarnos y movilizarnos.

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