lunes, 1 de enero de 2018

¡¡¡ Feliz 2018 !!!


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Para no desentonar con la costumbre, hay que desear que el próximo año sea mejor que el que pasó. Pero ¿Hay razones para suponer que el 2018 será mejor que el 2017?
Creo que el 2018 tendrá crecimiento económico, pero no desarrollo económico; lo que en buen romance significa que va a haber mas plata dando vueltas, pero no va a ir a los bolsillos de la mayoría de la gente.
Posiblemente haya mayor presupuesto para acción social, pero la conflictividad social será mayor. La convivencia política será mas difícil y lo que se ha dado en llamar “la grieta” crecerá.
El gobierno ha convertido al “gradualismo” en una práctica rutinaria: gradualismo de reducción del gasto público, gradualismo en la aplicación de medidas para paliar la inseguridad, gradualismo en el tratamiento de la marginalidad (no la confundamos con pobreza, de la pobreza se sale con plata, para salir de la marginalidad se requiere mucho mas), gradualismo en el re ordenamiento del estado, en síntesis gradualismo para todo.
Pero como toda receta mágica que dice servir para todo, suele producir mas problemas que los que soluciona.
La solución gradual de los problemas económicos fruto de los desajustes de las principales variables: inflación, déficit fiscal, desempleo (acá sin hacer la trampa de poner como empleados a los asistidos en cooperativas de trabajo o despedidos que se inscriben en el mono tributo para poder hacer changas), endeudamiento externo, déficit de balanza económica (sin el truco de no incluir el endeudamiento), encarecimiento del crédito, etc.; tiende a reducir el impacto de cualquier ajuste (ortodoxo o heterodoxo), pero prolongar el desajuste genera que los decisores económicos busquen opciones de corto plazo, alta rentabilidad y bajo riesgo (la inversión busca colocaciones financieras especulativas y el consumo compras baratas en el exterior).
El gasto social, que ha superado el de presupuestos anteriores, no ha producido cambios significativos en el tejido de los sectores marginados. Allí, se sigue viendo las viejas políticas de asistencialismo, la intervención de “mediadores sociales” (una nueva clase de lumpen que en nombre de la ayuda social medran recursos sin cambiar las condiciones estructurales de la marginalidad), la ineficacia de los gestores sociales, la ineficiencia en la administración del gasto social (medido en porcentaje de los TODOS los gastos de gestión respecto del gasto total) y sobre todo que nada o muy poco realmente cambia en las estructuras sociales de los marginados.
La gestión del estado presenta claros y sombras, personas con una gran capacidad de gestión rodeados de segundas líneas ineficaces, o personas con nula capacidad de gestión al frente de segundas líneas muy preparadas; pero en resumen el saldo de la gestión es escasamente suficiente. En seguridad se ha mantenido estructuras y metodologías de anteriores administraciones, que ya fracasaron. En medio ambiente, no se ha visto que se haya hecho nada. En educación se sigue con muchas ideas y pocas realizaciones concretas que cambien de forma radical un deterioro a todas luces innegable. En defensa el saldo es evidentemente negativo, aún sin traer a colación el hecho del ARA San Juan. En administración de justicia, suele haber mas anuncios de cambios que cambios concretos. Sin dejar de reconocer una mejora en la transparencia de la gestión en muchos sectores, los conflictos de intereses que se han producido hacen fracasar aquella premisa que no solo hay que ser honesto, sino que hay que parecer ser honesto. Como síntesis de la gestión de gobierno se podría decir aquello de que “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” y la gradual mejora de viejos problemas termina diluyéndose en los nuevos problemas.
Un último aspecto del actual gobierno es la cultura, entendida esta como forma de ser de la sociedad y no como hecho artístico. La sociedad está inmersa en una gran crisis de valores, donde el pragmatismo materialista desplaza a la ética, el relativismo se impone a una escala de valores basados en ciertas creencias firmes (que no tienen que ser uniformes o iguales para todos), la mediocridad de los objetivos personales (mayoritariamente consumistas) impide la búsqueda de metas trascendentes, la violencia irracional remplaza al debate y la aceptación de las diferencias, la convivencia armónica se empaña por clasismo y racismo, la pérdida progresiva de valores trascendentes, sean estos religiosos o laicos y por sobre todo la pobreza intelectual que se instala en todos los niveles sociales, haciendo realidad el planteo de José Ingenieros en su obra “El hombre mediocre”.
Todo esto, amigo lector, es con lo que nos puede joder la vida el gobierno para el año próximo, por eso les deseo, que disfruten con, y a, sus seres queridos, que disfruten, si pueden, hacer aquello que aman (trabajo, hobby, deporte o arte), que disfruten pensar y amar, y que no les falte un amigo y algo de tiempo para compartir cosas; así podrán pasar en FELIZ 2018.




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