domingo, 8 de noviembre de 2009

Los países en vías de desarrollo son el patio trasero de los países desarrollados


Si alguien creyó que el actual grado de desarrollo tecnológico, el crecimiento económico mundial sostenido hasta la última crisis, y la emergencia de un supuesto progresismo en EEUU de la mano de Obama, cambarían las cosas, se equivoca. Tanto en lo económico, como en lo político y como en lo cultural, el mundo está cada ves mas dividido entre los que mas tienen y los que menos tienen, y esas diferencias, mas que reducirse, se aumentan. Tomemos tres ejemplos de ellos en los campos antes mencionados: economía, política y cultura.

En lo económico, desde mediados de los noventa, los mismos economistas neoclásicos que propiciaban el Consenso de Washington descubrían la “paradoja de Lucas”, por la cual el flujo de capitales no iba desde los países ricos hacia los países pobres como predecía la “mano invisible” de Adam Smith, sino desde los países pobres hacia los países ricos, dándole la rezón a Marx, quién 150 años antes decía que el capital tendía a acumularse y concentrarse y no a distribuirse. Lo curioso, más que el hecho en sí del flujo de capitales, es la terminología que emplean estos economistas, a ningún habitante consiente del mundo “en vías de desarrollo” nos sorprende el hecho de ver como el capital se fuga de nuestros países, ya que solo los ciegos (a veces pienso que son la gran mayoría, porque no pueden o porque no los dejan ver) no vieron que en los últimos años la fuga de capitales superó el nivel de reservas acumulado por el país después de la crisis del 2001. Pero los apologistas del mercado y del liberalismo económico llaman a esto “paradoja”, como si fuera algo: “más allá de lo creíble, nombre que se da a situaciones o circunstancias que resultan contradictorias pero con una serie de factores que se consideran válidos o reales” (Wikipedia dixit). La evidencia de que los países ricos se vuelven cada vez más ricos y los pobres más pobres, resulta una contradicción de los postulados válidos de la teoría liberal del mercado y no una consecuencia natural de la falta de regulaciones para el desarrollo del capitalismo. Así, el hecho económico: “la paradoja de Lucas”; el hecho político: la falta de regulaciones sobre el desarrollo del capital y el hecho cultural: la no aceptación de las consecuencias del liberalismo de mercado; se entroncan en una sola concepción de “cultura dominante”, donde se niega hasta la evidencia de sus errores, sin duda esta es la visión de Fukuyama.

En lo político, el golpe de estado en Honduras puso de manifiesto, como la burocracia política mundial, puede impedir la voluntad de los países democráticos de que se respete el orden constitucional. Formalmente la OEA, el gobierno de EEUU y distintos gobiernos Americanos, no solo condenaron el golpe de estado en Honduras, sino que realizaron distintas acciones tendientes a restablecer el orden institucional y constitucional, pero efectivamente, no se logró nada. Esa misma burocracia consintió la invasión de Afganistán e Irak, la justificó y apoyó militarmente la ocupación de ambos países, pero nada se hizo frente a un pequeño país con un gobierno dictatorial que rechazó toda presión política. Esa misma burocracia firmó un tratado para la asistencia en la lucha contra el narcotráfico en Colombia, donde se consiente que los soldados de EEUU que participan, estén fuera del alcance de las leyes del país, en renuncia plena a la soberanía jurídica de un estado soberano (al menos en teoría). Nuevamente, lo político: la imposición de la voluntad política de los países sobre cualquier orden establecido; lo económico: la intervención a cualquier precio donde se juegan intereses económicos y lo cultural: la justificación usada, mediante argumentos de defensa de la democracia en Irak, no es la misma que en Honduras; en Afganistán el terrorismo talibán requiere la ocupación militar y en Colombia el narcoterrorismo subordina la soberanía jurídica a la intervención militar extranjera, lo cual todos ven como algo natural, aunque el respecto por la autodeterminación de los pueblos quede en letra muerta.

En lo cultural, tenemos un ejemplo sobre nuestro río Uruguay, justo enfrente de Gualeguaychú. Porque cultura no es la expresión artística, es el pensamiento, la actitud y la conducta de las personas en lo cotidiano, y la cultura de los países del primer mundo es usar a nuestros países como patio trasero, ahí donde se tira la basura. Por eso, un equipo de especialistas argentinos de la Universidad Nacional de La Plata y de la UBA, que estudiaron durante un año y medio las variantes producidas en las aguas del río Uruguay, aseguran que quedo acreditado, en base a análisis del sedimento y de las algas del río: “restos de nonilfenoles y lindano” (un veneno parecido al Gammexane). Posteriormente, durante una grave falla ocurrida en Botnia en enero de 2008, cuando se averió una de las tuberías de la fábrica y provocó un enorme derrame de la pulpa de celulosa, el especialista Juan Carlos Colombo, que dirige el Laboratorio de Química Ambiental de la Universidad Nacional de La Plata, obtuvo contundentes pruebas de que la planta de Botnia emite nonilfenol, una sustancia prohibida en la Unión Europea desde 2005. Este químico provoca graves consecuencias: en los hombres podría ocasionar cáncer de testículo, de próstata, disminución del nivel de testosterona y en la calidad del esperma; y en las mujeres, cáncer de mama, endometriosis y hasta muerte embrionaria o fetal. Estas enfermedades, además, podrían transmitirse a los hijos que engendren. En definitiva, en lo político: la casi nula independencia de países débiles provoca la aceptación de inversiones que expolian y contaminan nuestros suelos y ríos; en lo económico: la necesidad de crear fuentes de trabajo subordina a cualquier otro interés como lo es la preservación del medio ambiente: en lo cultural: se acepta como un hecho positivo inversiones que utilizan tecnologías que no son aceptadas en los países desarrollados.

La interdependencia de los hechos políticos, económicos y culturales en la dirección de subordinar a los países en “vías de desarrollo” a los intereses de los países desarrollados, nos convierte en receptores de inversiones económicas apoyadas políticamente y que lejos de traer algún beneficio, extraen nuestros recursos naturales, no dejan ningún beneficio económico (aunque resulte “paradojal”), destruyen nuestro medio ambiente y hasta nos dejan contentos.